sábado, 15 de agosto de 2026

Historias verídicas de animales

 Amo a los animales no humanos, tanto como  a la naturaleza,  los respeto profundamente, trato de entender su comportamiento, me fascinan. Hubiera encontrado la felicidad rodeada de ellos en su medio  natural, estudiándolos, cuidándolos, protegiéndolos.  Seguro que hubiera sufrido horrores también. He rescatado a muchos , curados o criado y cuando no los he podido sacar adelante, lo he pasado realmente mal.  Es verdad eso que dicen, que he hecho todo lo que he podido, pero aunque sea así no me reconforta. Devolverlos fuera de peligro a donde pertenecen, si.

Que un animal salvaje que por norma huyen lo más rápido que pueden,  si te acercas,  confíe en ti, es toda una experiencia .

 

Una vez crié a tres gorriones a la vez, alguien me los trajo,  se habían caído de una palmera muy alta, una phoenix canariensis. Cuando aprenden a volar se van pero durante algún tiempo vuelven a  comer de tu mano. Aunque los gorriones son fáciles de cuidar, yo los hubiera dejado allí. 

Una vez dando un paseo por el campo, casi piso una tortuga diminuta, del tamaño de una moneda, estaba en  medio de la vereda y me entraron unas ganas irresistibles de cuidarla, así que me la llevé a casa, le preparé un terrario improvisado y le puse cachitos de verdura. No pude pegar ojo en toda la noche, me levantaba e iba para ver si comía a cada rato. En cuanto amaneció me la llevé al mismo lugar donde la encontré  pero lejos del camino. Le pasa algo a la tortuga que aunque era pequeñísima estaba  sana y no hubiera podido perdonármelo.

 No voy recogiendo animales por ahí, solo si corren peligro o están heridos.  Una cría de animal herida es imposible de salvar.

Una vez después de unas fuertes lluvias me topé con un bebé erizo en medio de la carretera, parece que cuando se inundan las zonas bajas salen de la madriguera y suben  a zonas más altas para no ahogarse.  Lo cogí con cuidado, las púas eran muy blandas y todavía tenía los ojos cerrados, era demasiado pequeño, así que decidí llevármelo a casa.

No sabía nada sobre erizos, tuve que aprenderlo. Los erizos de tierra son mamíferos pero la leche materna no contiene lactosa y consumirla puede matarlos.  Las crías de erizo son muy sensibles a las bajas temperaturas y necesitan estar siempre por encima de los 25º para no morir de hipotermia.

Con darle biberones de leche sin lactosa y calor constante bastaba por ahora.

Estábamos en Navidad, en pleno invierno así que encendía  la estufa de leña o la eléctrica y lo ponía cerca  dentro de una jaula o dentro de  un calcetín de lana enorme, debajo de mi jersey.  Soy una mamá responsable, nunca lo dejaba solo.

 En ese momento tenía a  mi preciosa Cala, una grifona de pelo largo y canela hija de Lula, lista y buena como ella sola que siempre caminaba a mi lado sin correa y a Momo un elegante podenco mallorquín que no hacía mucho había sacado de la perrera, un cazador nato que no dejaba rata, conejo o gato que se encontrara, vivo.

Era tan rápido que sus presas no se daban cuenta de que ya estaban muertas.

Momo veía al erizo y se ponía histérico, ladraba, aullaba, gemía desesperado por hincarle los colmillos.

No podían estar juntos en la misma habitación y mucho menos solos. Durante el tiempo que el erizo estuvo en la jaula, por protección, Momo durmió fuera para que lo dejara tranquilo .

Fuí  a celebrar la nochevieja, a casa de unos amigos y vecinos y como no podía dejarlo con la estufa encendida  tanto tiempo ni tampoco solo sin alguna fuente de calor, me lo  llevé  conmigo a cenar debajo del jersey.

Le pusimos de nombre Friedrich Pitirri, Pitirri para los amigos no hacía más que comer y dormir.

Me fui  tarde de la fiesta, había bebido bastante cava, vino y cerveza, supongo porque la verdad es que no me acuerdo pero si de que estaba muy borracha. Cuando llegué a casa, menos mal que vivía al lado, para no encender la estufa me acosté con el Pitirri y como hacía mucho frío dejé a Momo durmiendo acurrucado en su cojín del salón.

En el sueño, escuchaba a Momo ladrar,  ladraba y ladraba y no dejaba de ladrar, cada vez más cerca,  cada vez más fuerte, intensamente, durante tanto tiempo y sin parar que al fin me dí cuenta de que estaba ladrando esmorecido de verdad y logré despertarme sin saber  donde estaba, ni qué pasaba. Entonces recordé que me había metido en la cama con el erizo dentro  del calcetín bolsa bajo el pijama, pero ahí no estaba, ni bajo las mantas, ni bajo la cama, ni en la habitación.

Entendí por qué ladraba Momo  y esperando lo peor salté de la cama y me asomé al salón.

 Momo  ladraba realmente asustado a una bola de pinchos que se había metido en su cama.

La historia fue así. Pitirri salió de la bolsa calcetín, de debajo de mi pijama y de las mantas porque lo estaría aplastando o no podría respirar y cayó al suelo, salío de la habitación y  buscando calor se pegó a Momo que estaba durmiendo plácidamente y feliz hecho un ovillo en un cojín en el suelo del salón. Cuando Momo sintió que algo estaba apretando su estómago se despertó y se encontró con la alimaña que estaba loco por matar y pegó tal respingo, que el erizo reaccionó abriendo sus púas y clavándoselas cuando intentó y seguro que lo intentó, morderle.

Estoy segura de que Momo  no se había encontrado antes cara a cara con un erizo porque partir de ese día, lo miraba con desconfianza pero nunca volvió a acercarse a él. Quedó un poco traumatizado, durante mucho tiempo tuvo pesadillas. Dormía tranquilamente pero sin venir a cuento como si le clavaran un montón de púas en el estómago,  se encogía y dando un salto despertaba, ladrando y llorando aterrorizado. El pobre.

 A base de enfados y gritos, Momo  aprendió a no hacer daño a los animales que entraban en casa, tampoco a los pájaros.  Era graciosísimo ver al gazapo persiguiéndolo por toda la casa para jugar y Momo  huyendo del conejo para que lo dejara en paz.

Ahora si un ratón entraba en casa, ese ya no volvía a ver la luz del sol. 

Ladrando avisaba de que había entrado alguno y con el hocico señalaba donde estaba, yo  preparaba el terreno, cerraba puertas, movía lo que hubiera que mover, le cerraba  el paso por mi lado con una plancha de cartón  que tenía preparada para la ocasión y con la escoba lo hacía salir. No escapaba ninguno. Éramos infalibles . A Momo  le encantaba y disfrutaba mucho con su misión. Al cabo de muchos ratones muertos que hacían de avanzadilla, aprendieron a no entrar en casa. Y aunque  Momo nos dejó hace años,  siguen sin hacerlo.


Pitirri seguía creciendo a base de papilla de pienso de gato y  a los dos meses  comía solo y lo saqué al jardín y le hice una madriguera bajo el almendro .  Momo volvió a dormir dentro  de casa y sin poder salir al jardín porque en cuanto me despistaba escarbaba y le destrozaba la madriguera.

De bebés, los erizos comen durante  el día y duermen de noche, dependen completamente de la madre que les proporciona calor y alimento, pero al crecer, hacen lo contrario, solitarios, independientes, insociables, duermen durante el día y salen al anochecer para alimentarse sobre todo de caracoles, insectos, gusanos y algunas verduras, aunque también puede caer algún ratón y lagartijas.

De todo eso había en mi pequeño jardín  así que no tenía motivos para preocuparme pero lo había tenido pegado a mí durante 2 meses y ahora apenas lo veía, no sabía si había comido, si estaba bien, estaba muy preocupada por él.  Casi todos los días cuando volvía a casa no paraba de buscarlo hasta que lo encontraba , lo cogía, lo  examinaba por todas partes, le daba  de comer un poco de pienso y me quedaba tranquila.

Al día siguiente volvía a buscarlo en el lugar dónde lo había encontrado pero se había mudado de nuevo y se volvía a repetir la misma historia.  Hasta que se le acabaron  los escondites, yo sabía más o menos donde podía encontrarlo y lo dejé tranquilo.

A veces, me sentaba en el escalón de la cocina que da al jardín, (lo llamo jardín pero tiene escasos 10  metros cuadrados)  para escucharlo comiendo caracoles, masticándolos  enteros con la concha o para verlo pasar corriendo de un lado a otro, de un lado a otro, como hacen los presos en el patio de la cárcel.

Podía cogerlo siempre que quería, no se asustaba ni sacaba las púas aunque después se embadurnaba de cualquier mierda que encontraba para ocultar su olor o el mío, pero él nunca se acercaba a mí, ni volvió a entrar en casa desde que lo saqué al jardín.

Estaba enorme, no había visto antes un erizo tan grande, no sabía si eran así  o es que le había cebado demasiado.


 Los erizos recorren grandes distancias para alimentarse, para explorar otros territorios, encontrar madrigueras más seguras para protegerse de los depredadores y cuando llega el momento para buscar pareja y reproducirse.

Sabía que tenía que liberarlo pero no encontraba el momento.

Y  pasaron los meses, después un año y llegó la primavera.

Era de noche y sentada en el sofá del salón estaba viendo algo en la tele, Pitirri subió los escalones del jardín entró en la cocina y derechito vino hacia mi y me tocó  la pierna con el hocico.

Estaba  muy claro,  me estaba diciendo que el jardín se le había quedado pequeño y  que quería salir. Lo cogí y lo  guardé en el transportín de la Cala  para que no se perdiera por el jardín y me acosté.

 Por la  mañana temprano lo llevaría al bosque y lo dejaría libre.

Recorrí unos cinco kilómetros andando con el  erizo dentro del transportín.  Quería que tuviera una idea de la distancia que había desde mi casa al bosque.  Cuando llegamos al río olía ansioso y a dos patas sacaba el hocico entre las rejas. No quería dejarlo  donde lo encontré, es un gran parque  a los lados del río que lo atraviesa, con mantenimiento de jardines, demasiadas desbrozadoras y cortacésped y el pueblo demasiado cerca.  Alcalá de Guadaíra tiene más de 75.000 habitantes,  si saliese del parque lo atropellarían al instante y seguí andando. En realidad ningún sitio me parecía lo bastante seguro, pero creo que elegí bien, un bosque de eucaliptos abandonados, cerca de un tramo del río y lo bastante lejos del pueblo. Me senté en el suelo, crucé las piernas y le abrí la puerta del transportín.

Primeo asomó el hocico, olisqueando el exterior y después salió  y dió una vuelta pequeña a mi alrededor muy tranquilo, luego agrandó el circulo,  y sí sucesivamente,   dibujaba un círculo cada vez más grande  a mi alrededor.  Ya estaba muy lejos, yo  no le perdía de vista, hipnotizada, quería ver hacía donde iba.  De pronto  paró, se giró y en línea recta vino corriendo hacía mí, me dio un suave golpe en la rodilla con el hocico y  después  de despedirse se marchó  tranquilamente .  Mientras pedía a los dioses de la Naturaleza que lo cuidaran bien, lo vi alejarse hasta que se refugió bajo un majuelo. Espero que encontrara a una hermosa eriza con la que tuviera muchos hijos y viviera muchos años una buena vida de erizo. Pero sé tal y como están las cosas que eso es improbable.


Después de eso, conocidos y amigos me traían a los animales  que  se encontraban para que los salvara, una tortuga atropellada y plana, gazapos, vencejos, un polluelo de abubilla, un cordero recién parido, otro bebé erizo de tierra, sobre todo crías,  perdidas o desorientadas que esperaban  quietas a que su madre las recogiera. 

 La gente coge a los animales salvajes que encuentra para que los vean sus hijos y jueguen un rato con ellos. Sin comer, sin beber y mareados perdidos son imposibles de salvar y dije hasta aquí, ni uno más.

Hasta ahora siempre me han acompañado los perros. El boom que ha experimentado el poseer un animal de compañía y el convivir con animales sin que sirvan a un propósito doméstico  o comercial se debe a que nos alivia la morriña del alejamiento de lo natural, de lo salvaje.

Los perros son mejores compartiendo segmentos de vida que los gatos. He salvado a muchos gatos, sacados de los contenedores cuando he ido a tirar la basura o abandonados en el cruce de mi camino pero no recuerdo a ninguno. Aprendí rápido que no podías encariñarte con ellos y que era mejor así. En aquella época los gatos eran libres de entrar y salir igual que los perros, pero los gatos se iban, morían, o vete tú a saber pero nunca volvían y con darles una segunda oportunidad me bastaba. Ellos seguían su camino y yo el mío sin dramas. Son animales muy bellos, suaves, me gusta su independencia pero no son compatibles conmigo. El perro aprende tu idioma para comunicarse y establece un estrecho vínculo. El perro te ve, te lee, sabe lo que te gusta y lo que no, te cuida, te defiende, te protege. El gato no, al gato solo le importa que haya comida en su plato y que una vez que ha cogido la postura no se le moleste. Supongo que hay muchas razones por las que algunas personas prefieren a los gatos y otras a los perros. Angelito no toleraba que me fuese de casa sin él y cuando no tenía otro remedio que dejarlo, a la vuelta me liaba tremendo zapatoste o me había hecho una grandísima putada que incluso tardaba días en descubrir. No os penséis que cogía cualquier cosa o lo primero que pillaba, no. Sabía muy bien lo que hacía, elegía lo que sabía que me iba a doler de verdad. Era un demonio.

El si podía irse sin mí a recorrer el pueblo entero o al quinto carajo a rebuscar en las basuras o decidía por toda la cara y de pronto que quería estar en otro sitio. Pero eso sólo me ha pasado con él.
Hace tres meses que se fue y todavía me cuesta asumir que esta vez no va a volver. Mi amor peludo.
No quería hablar del Angelito aunque ahora no pueda dejar de hablar de él, se me estaba quedando adentro, atascado y tenía que salir. Todos mis perros aunque también eran libres de correa por el campo, se han quedado en casa tranquilamente confiando en que volvería y nunca me han roto a conciencia mis cosas más preciadas. Me fío más de los perros porque los entiendo, sé cuando puedo y cuando no, si veo a un par de dóberman tras una cancela no se me ocurre acariciarlos. Pero el gato es traicionero, se muestra tranquilo, parece disfrutar de las caricias cuando de repente, muerde, te araña y salta. Seguro hay razones por las que actúan así y habrá que respetarlas, pero que sean tan imprevisibles me asusta.
El gato ( el gato del que estoy hablando no tiene nada que ver a como era antes, no huye de mí, se acuesta a mi lado, permite que lo coja y no muerde cuando lo acaricio aunque tampoco demasiado) puede ser como sea, independiente, insociable, uraño, nada de eso me importa mientras esté sano y bien, pero que mate todo lo que se menee, repte, corra o vuele a su alrededor me está machacando viva. No puedo con eso. Pensé que podría enseñarle a no matar por matar, porque si al menos se comiera lo que caza, pues otro gallo cantaría, pero mata a diestro y siniestro y está acabando con toda la fauna de los alrededores. Mi casa, mi patio era un santuario de lagartijas, vivían aquí de siempre y eran grandes como puños. Todos los días aparece alguna destripada.
Ha matado incontables gorriones que venían a beber de un lebrillo lleno de agua para ellos. Los mirlos siempre han criado entre los setos, las madreselvas y la parra virgen, ha matado a los tres pollos que estaban aprendiendo a volar. Al último se lo quité, pero no lo pude salvar. Hoy le ha tocado el turno a una pequeña tórtola que estaba acostumbrada a posarse en la rama del árbol que me cobija. He leído que no puedes enseñarle a un gato a que no que no mate lo que caza y que no van a dejar de hacerlo porque es lo que hacen y está en su naturaleza, así que no, no puede vivir conmigo. Tampoco puedo ni quiero encerrarlo para que no salga, ni trepe a los árboles ni se pasee por los tejados como les gusta tanto hacer a los gatos. Es un buen gato, se llevaba muy bien con Angelito, siempre quería acostarse con él, se metía en su cama pero Angelito lo miraba con cara de tú qué coño quieres? déjame en paz y se cambiaba de sitio. Todos los gatos del barrio vienen a buscarlo, se plantan delante de la cancela y maullan muy fuerte, parece que dicen venga, joder!! vente con nosotros. Pero él pasa, se muestra indiferente, incluso superior. Nunca se ha peleado con ninguno. A veces se echan una siesta donde el esté, no entiendo por qué. No sabía que había tantos, yo inmediatamente los echo de mi patio y les digo que se vayan a su puta casa y salen todos despavoridos con lo agusto que estaban tumbados al sol.
Es un gato muy pequeño y es normal que no sea normal porque lo ha pasado muy mal. Estaba sola en una casa, con tres o cuatro meses a punto de morir de hambre y por eso no ha crecido más. Dijeron que era gata y yo dije vale, entonces hay que esterilizarla rápido porque me daba pánico que se quedara preñada. Entonces la llevé al veterinario más cercano como siete veces para vacunarla, ponerle otra tanda de vacunas, el chip, luego estuvo con diarrea y después pasó por una grave conjuntivitis que no perdió el ojo de milagro antes de operarla. Un montón de dinero y meses después, el tipo éste, sabiendo que, desde que cayó en mis manos han estado en las suyas porque no tengo ni puta idea de gatos y necesitaba a alguien que entendiera, que supiera, que hiciera su trabajo simplemente, en ningún momento durante esos siete meses, ni antes de abrirla/ le de arriba a abajo, se le ocurre cerciorarse del sexo del gate. Después cansado ya de buscar y rebuscar unos ovarios imposibles de encontrar, va y me dice que la gata ya está castrada. Lo flipas.
Y yo no tenía ni puta idea de gatos pero de lo que estaba segurísima es de que, era muy pequeña cuando la encontré y de que eso era imposible. Estuvimos discutiendo un buen rato por teléfono, bueno discutía el solo, porque esta clase de personas son como creen que eres tú, como ellos engañan y mienten, creen que tú haces lo mismo, por cojones tiene que ser como ellos dicen y ni siquiera te escuchan. El insistía en que me la había llevado de alguna colonia, le vuelvo a contar la historia de que estaba sola, le envío fotos para que recordara lo pequeña que era, que estuvo al borde de la muerte y que quizás por eso, tenia atrofiados los ovarios. Y fue ahí cuando se le encendió la lucecita y dice que
si no los encontraba puesto que no los tenía, (en eso no se equivocaba), iba a proceder a coser y a cerrar y que fuera a por ella.
Parece íncreíble, pero no me estoy inventando nada.
Cuando llego a la clínica me dice que no me preocupe, que no es una gata, sino un gato.
A mí ni se me habia pasado por la cabeza esa posibilidad, porque como ya dije, ni entiendo de gatos, ni tampoco soy veterinaria.
Flipando en colores acierto a decir que la castración es más barata que la esterilización, a lo que me contesta que había estado más de una hora en la mesa de operación y que además tenía de oferta junto con la castración un tratamiento para no se qué enfermedad. Ole sus cojones.
Le dije que ni tu tía a lo de la oferta, le pagué la esterilización del gate y me largué de allí sabiendo que no íbamos a volver.
Como no debía subir a los árboles ni hacer ningún esfuerzo, estuvo encerrado en casa viendo dibujitos animados con una faja hasta que se recuperó. Ahora mismo deambula enfurruñado por sus confines con un cascabel al cuello